lunes, 18 de diciembre de 2006

Kubla Khan, de Julian Herbert

La literatura nubla la vista, a veces acaba con ella, no son pocas las ocasiones en que, acechando al lector, acaba con sus ímpetus y lo arroja lejos de la playa del placer. Pero hay también una literatura que enciende las células dormidas en nuestro cerebro. El caso de Kubla Khan, de Julián Herbert (Ediciones ERA / CNCA, 2005), es más bien como una droga, un estimulante que, como el opio, primero adormece y sumerge a quien lo prueba en un sueño delirante, y cede el paso a un placer sin fin, un conocimiento que, silencioso, recorre las venas y llena todo de sentido.

Probablemente nacido de un sueño recurrente con el poema de Coleridge, a su vez producto de un sueño durante el verano de 1797 (algunos dirán 1798), Kubla Khan sirve de hilo conductor para los delirios de Herbert, que logra reunir en un mismo volumen la materia de sus afinidades y de sus obsesiones. Una cultura chatarra que nos inunda y se trasforma en iconografía de un posmo-pop atrincherado en carreteras, ciudades y desiertos. La suya es una literatura que se cocina a temperaturas cercanas a la fundición. Una poesía que nos contagia su esplendor, su buen humor, su erudición al servicio de una agilidad que le hizo merecedor del premio Gilberto Owen en 2003. No es un poeta de cubículo ni de espacios en blanco, aéreos y ligeros, el suyo es un mundo que se despeña con frecuencia hacia los abismos de la locura y la experiencia mística, pero nunca un mundo que se desintegra o se destruye.

En el siglo XIII Kubla Khan —escribe Borges— “sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés –Coleridge– que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio”, y este juego descubierto por el basilisco argentino revela un plan maestro: “Algún lector de Kubla Khan soñará, en una noche de la que nos separan los siglos, un mármol o una música. Ese hombre no sabrá que otros dos soñaron, quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último”. Estos pasajes, sin duda, están escritos en algún cuaderno de notas de Julián Herbert, quien quizá sueña constantemente que alguien le habla, le dicta una sentencia, un aforismo, quizá un manuscrito entero.

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