Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente…
Rubén Darío
Cuando decimos: “si las piedras hablaran”, repetimos el esquema de pensamiento que niega la sorpresa y el asombro, caemos en el abismo de la razón que se impone sobre los sentidos y negamos la poesía que existe y se sobrepone a todas las cosas que componen el mundo, cerramos la puerta a la magia y nuestros ojos se secan un poco más cada día.
El tiempo marca su propia estrategia. Will Berry es como un árbol cuyas ramas crecen ordenadamente pero sin descanso. Una obra es el origen de otra, un grabado es el principio de una idea, una raíz que se convierte en mesa es el incio de un viaje, y ese viaje es el principio vivo de una nueva obra, un disco de piedra volcánica, un trazo y una hendidura sobre la piedra, otra piedra, un rodillo, tinta y un rollo de papel, marcas sobre la superficie, huellas de luz, sombras sobre un mosaico de polvos y texturas. Las piedras de Berry son trozos de volcanes que laten todavía y nos recuerdan que somos del polvo y al polvo volveremos.
Cuando creemos que las piedras son objetos inanimados, inertes y fríos, rechazamos de un tajo la historia del arte, el ser y saber de la escultura, la misión y el salto del arquitecto, el sueño del artista, como si la música fuera posible sólo en nuestras mentes y a través de nuestros oídos, como si la escala existiera porque nosotros existimos. La música es, antes y después de nosotros, y las piedras y las ramas del árbol lo saben, y el polvo la disfruta y es parte integral de su marea.
Los trabajos de Will Berry han venido transformándose gradualmente en los últimos años; podríamos decir que su locura va en saludable aumento conforme pasa más tiempo en México, rodeado de vida y de nuevos amigos, alimentándose del silencio que nutre a las aves de su nuevo jardín, saciándose de la música que brota de las piedras como un agua que existe sólo para él, como si Xilitla y Edward James volvieran de la selva potosina para incrustarse en la casa de Berry en el corazón de Coyoacán y lo empujaran a salir de sí mismo y a viajar al interior de la poesía que brilla en cada instante.
Decir que las piedras sienten, que aman demasiado, decir que cambian de parecer según el clima, que mutan de color o que sudan, puede parecer un disparate. Pero qué es el arte si no un conjunto de locuras asociadas, una colección de sinsentidos que se agolpan para darnos una nueva ruta de navegación, una nueva dirección.
Cuando asistí a la inauguración de la muestra Cambio de piel en el Museo de la Estampa, Will Berry presentaba, como un juego que se incorporó de última hora, sus rodillos de piedra volcánica cuyas huellas de tinta se extendían como partituras sobre largos pergaminos de papel hecho a mano, mientras en el sonido ambiente se escuchaba un chelo que penetraba cada sala del museo con un dejo melancólico. Will me preguntó entonces qué me parecía la música de las piedras. Mi asombro creció diametralmente cuando entendí que las notas, eran producto de las huellas de la roca volcánica en su paso hacia el papel pautado, labor que había ejecutado su sobrino. Una nueva rama en el árbol Berry.
Decimos que las piedras hablan porque tienen su propio lenguaje, que su cuerpo es transitable y que su materia es orgánica y sensible, que somos como las piedras porque rodamos y endurecemos nuestro caracter, puliendo cada punta del espíritu. Decimos que las piedras sueñan con el polvo, con su ligereza, pero lo mismo podemos decir del polvo, que sueña con la piedra y su capacidad para hundirse en el agua, con su densidad y su peso.
“Si como el griego afirma en el Cratilo el nombre es arquetipo de la cosa, el nombre de la rosa está en la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”, escribe Borges en uno de sus poemas del conocimiento, permitiéndonos jugar con las palabras y buscarle nuevos significados y sentidos al árbol Berry: la música de las piedras, la música en las piedras, las piedras de la música, las piedras a través de la música… no importa realmente cuál sea el orden para colocar estas palabras, lo que importa es que todos los caminos llevan a Berry.
lunes, 8 de enero de 2007
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