miércoles, 28 de febrero de 2007

Desde las cenizas

Cae la ceniza sobre mi mano y el instante es egipcio…
David Huerta


"La historia de la pintura moderna -escribe Octavio Paz en La apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp-, desde el Renacimiento hasta nuestros días, podría describirse como la paulatina transformación de la obra de arte en objeto artístico", para señalar un poco más adelante: "El valor de un cuadro, un poema o cualquiera otra creación de arte se mide por los signos que nos revela y por las posibilidades de combinarlos que contiene. Una obra es una máquina de significar".

Los trabajos del pintor, como los del poeta, se asemejan en más de un sentido, buscan dotar de significado las piezas que producen, darles una vida más allá de las intenciones ocultas de quien las crea, otorgarles un poder para trascender y tocar el espíritu de cualquiera que las mire, las contemple, las asimile como propias.

Los trabajos de William Berry, sea en la tela o en el papel, en la piedra, en la placa o en el jardín, luchan permanentemente contra esta doble condición, la ilusión de la obra como objeto y la tentación de la máscara del artista, la idea de que el producto artístico es lo que vale la pena conservar, mostrar, comprar y vender, y la tentación de ser un productor de objetos coleccionables por otros. Pero para el artista el proceso lo es todo, la obra estará siempre definitivamente inacabado en tanto no se encuentre con su espectador, con su público. Quizá por esto la fuente principal de ideas y recursos, de energía y de fuerza para Will Berry sea la naturaleza, el entorno, el aire que respira, los signos en rotación.

Su trabajo, desde que se levanta hasta que vuelve a la cama, transcurre en una evolución hacia el arte de la combinatoria, de la búsqueda de significación hacia y desde el mundo que lo rodea, de ahí que su terraza en la colonia Roma se esté convirtiendo en un jardín de las ideas, un espacio para que la mente pueda desbocarse y lanzar sus redes hacia la reflexión sobre los pasos que hacen del artista un nómada, un caminante.

En esta dinámica en que vive el artista contemporáneo, Will Berry se sacude su sombra y da un paso al costado, sale de sí mismo, de su mundo occidental, y se lanza a la aventura de ser otro, un nuevo artista que no quiere confundir su trabajo con el trabajo del pintor, su obra con la obra que se espera de él. Prueba de ello es su obsesión por las servilletas, un trabajo meticuloso y sistemático que ejerce desde hace 20 años y que se ha convertido en una bitácora, una memoria de los sitios donde ha estado, vivido, soñado, un recuento de los días y las horas que se han cruzado por su mirada, la del dibujante que se entrega al placentero oficio de la contemplación absoluta.

Pero también es una prueba de su relación con el aquí y el ahora, una necesidad por anclar todo lo que es en un momento determinado en el espacio, como si en esos trozos de papel fijara su piel y sus ideas gracias a la absorción de la tinta sobre las superficies más delgadas y quizá insignificantes . Nuevamente, insignificancias en búsqueda de significado, significación, signos, puntos para fijar la mirada y aterrizar una mente en rotación.

La serie que aquí presenta es un ejemplo de su pasión por el dibujo, por la creación en todos lados y en todo momento, un puñado de servilletas seleccionadas de entre una decena de cajas rebosantes de papeles, recolectados a lo largo de los años en restaurantes y cafés de varias ciudades del mundo, un trozo de su memoria que, a final de cuentas, es un trozo de la memoria colectiva.

El título de esta serie pudo ser Bajo la Montaña Negra (Below the Black Mountain), en una clara alusión tanto al libro de Lowry como al suceso emblemático de la Black Mountain School, pero también pudo ser El corazón de la Piedra Negra (The Heart of the Black Stone), o un poco más allá, Desde las cenizas (From the Ashes). ¿Por qué? Porque esta pequeña serie es resultado del radicamiento de Will Berry en la Ciudad de México, y sobre todo, de su apropiamiento del sur de la ciudad y de sus piedras negras y volcánicas.

Una investigación exhaustiva en la vida y obra de este pintor arrojaría sin duda información sobre sus modos de ver y de escuchar, sin mencionar su particular estilo de hablar, por lo bajo, casi en un susurro, como fijando una posición que apuesta por el sentido y la esencia de lo que se dice más que por la forma o la potencia. El valor y la fortaleza del mundo están en su interior, y si bien es importante mostrar un cierto poder al expresarlos, es un hecho que el misterio y el silencio se asocian con mayor facilidad a la serenidad y al equilibrio.

Al escribir estas líneas pienso en la posible relación entre las palabras y los signos expuestos por Will en sus servilletas, y sobre todo, en la importancia que tienen estas piezas en el corpus de su obra, en la historia personal que ha dibujado en los últimos 20 años. Desde las cenizas se antoja como el título más adecuado para encontrar afinidades con su trabajo, pues el suyo es el proceso del Fénix, que se alza de las cenizas en una nueva aventura vital que comienza al mudarse a la Ciudad de México.

La suya parece una resurrección, un volver a la vida para honrar el momento, Carpe Diem, para honrar la amistad, la creación, la charla. La suya parece una existencia levitativa que sólo aterriza para hacer concretas las obras que forman su catálogo personal, los cuadros, los grabados, las plantas, las raíces, los pocos muebles que habitan junto con él el espacio vital.

Aparece este libro y es de celebrar por más razones que la obvia. Los libros de artista, de autor, los libros-objeto, están desapareciendo. Celebro que Chichicatle Art Press nos muestre un camino a seguir, difícil de recorrer ciertamente, pero caminable. Un camino con corazón, como decía Castaneda que decía Don Juan, aunque ambos fueran sólo una raya en el agua, un camino para reconocemos en él, para templamos, para encontrar un mejor lugar en el mundo. William Berry encuentra con este libro y con sus piezas, con su trabajo y sus amigos, con su esmero y su dedicación, un mejor lugar en el mundo.

Sabe que no hay tregua, que este lugar existe sólo si él lo hace todos los días, como explica la Física Cuántica, el mundo es lo que nosotros queramos que sea, como queramos, cuando lo queramos, ésa es la lección que se repite a sí mismo William Berry y que registra en su trabajo todos los días.

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