Soy de los que creen en la verdad aunque duela, lastime, destruya o arruine. De este modo he tratado de ser congruente conmigo mismo y he sido cruel en mis comentarios con mucha gente, lo que me ha ganado múltiples animadversiones, comenzando por los muchos amigos que me han ido abandonando por decirles cosas que nadie en su sano juicio, sobrio o ebrio, les diría.
Desde que comencé a trabajar –en un diario, por cierto–, siempre he sido fiel a una idea básica sobre la comunicación: trata de que tu mensaje llegue a donde pretendes, o en otras palabras, no compliques las cosas con explicaciones, ve directo al grano, sin rodeos, después habrá tiempo para los adornos y las vueltas de tuerca.
Las famosa máxima de incluir en el primer párrafo de una nota todo lo que tienes que decir, ha terminado con las aspiraciones literarias de más de un periodista. Creo, como dice Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario, que todos los periodistas son escritores –y, por añadidura, que no todos son buenos–, y más, creo que todos los periodistas deberían aspirar a escribir cada vez mejor, en un intento por satisfacer a sus pocos o muchos lectores, debería ser una responsabilidad, tomando en cuenta que los medios ocupan hoy los espacios que ayer ocupaba la academia.
SIN RODEOS
Somos lo que leemos, ciertamente, pero sobre todo somos lo que leemos en la forma en que lo hacemos. La lectura en voz alta es como una huella digital, como el registro de lo que somos y de lo que deseamos, de la forma en que enfrentamos el mundo todos los días.
La lectura textual es un reflejo de nuestra lectura visual y, por consecuencia, de nuestra lectura conceptual. Esto es tan obvio que todos lo pasamos por alto, dejando que la belleza y el placer de las palabras se conviertan en una aspiración de “iniciados”, como si el idioma fuera una propiedad de unos cuantos y no un bien común, un fruto para deleite de todos.
Siempre recordaré como una lección única de redacción el relato de José Emilio Pacheco sobre su tío Juan de la Cabada. Siendo niño, Pacheco visitó a su tío y le mostró un cuento que comenzaba describiendo la salida del sol sobre una montaña y la forma en que la luz se derramaba sobre los tejados de las casas del pueblo. De la Cabada tachó todo el inicio y escribió: “Era el crepúsculo”. No estoy seguro qué camino preferiría tomar yo, si la economía de recursos y la austeridad, o la rienda suelta, pero es un hecho que la gente, ese ente amorfo conformado por miles de individuos que insisten en comportarse como un masa, prefiere leer “Era el crepúsculo”, y por una simple razón, por su brevedad, por su simplicidad, por su inevitable síntesis.
Creo entender el mundo de hoy como un compendio de cápsulas de conocimiento, el tiempo se ha reducido a trozos interrumpidos de vida, de amor, de felicidad, de placer, de sueño. Hay, por decir lo menos, un empacho contra la continuidad, el largo aliento, la duración. Y las vías de acceso para el disfrute de los bienes culturales intangibles, como la lectura, viven un atraco diario en este sentido.
Por si esto fuera poco, la gente no lee lo que está escrito, sino que “ojea” los textos, del mismo modo que “ojea” el mundo y con ello interpreta un pedazo de visión de algo que cree que leyó. Se le llama “lectura disruptiva” y sus implicaciones están aún por verse. El teléfono descompuesto es literalmente un juego de niños comparado con esto.
ELOGIO DE LOS TÍTULOS
Como Duchamp (Marcel, el artista, no Romero Deschamps, el escapista), creo que los títulos, nombres, encabezados, son parte consustancial de la obra, pueden dar vida a una idea antes de que exista y ser el inicio de algo grande, espectacular, o bien anunciar una catástrofe e incluso inducirla. Sucede lo mismo que con los nombres de pila. Lo de menos es el nombre, dirán algunos, lo que vale es quien lo porta.
Así las cosas, llamarse como los cientos de miles de Marías y José Antonio y Juan de Dios que tenemos en México es lo de menos, lo importante es que que te apoden bien, que tu “nick” sea suficiente para llenarte de honor y orgullo y distinguirte de los demás: Pepetubi, Marianeta, Johnny DeusMachina (etc.). Nada de que te llames Apolonio y te digan el Menelao. Cuenta Don Balta –un buen amigo– que tenía un conocido que se le presentó un día diciéndole: “Mi nombre es Aureo Criollo, pero usté puede decirme Auréo”. Ver para creer.
EL SUEÑO DE LAS PIEDRAS
Cuando decimos: “si las piedras hablaran”, repetimos el esquema de pensamiento que niega la sorpresa y el asombro, caemos en el abismo de la razón que se impone sobre los sentidos y negamos la poesía que existe y se sobrepone a todas las cosas que componen el mundo, cerramos la puerta a la magia y nuestros ojos se secan un poco más cada día.
El tiempo marca su propia estrategia. Will Berry es como un árbol cuyas ramas crecen sin descanso. Una obra es el origen de otra, un grabado es el principio de una idea, una raíz que se convierte en mesa es el incio de un viaje, y ese viaje es el principio vivo de una nueva obra, un disco de piedra volcánica, un trazo y una hendidura sobre la piedra, otra piedra, un rodillo, tinta y un rollo de papel, marcas sobre la superficie, sombras sobre un mosaico de polvos y texturas. Las piedras de Berry son trozos de volcanes que laten todavía y nos recuerdan que somos del polvo y al polvo volveremos.
Cuando asistí a la inauguración de la muestra Cambio de piel en el Museo de la Estampa, Will Berry presentaba, como un juego que se incorporó de última hora, sus rodillos de piedra volcánica cuyas huellas de tinta se extendían como partituras sobre largos pergaminos de papel hecho a mano, mientras en el sonido ambiente se escuchaba un chelo que penetraba cada sala del museo con un dejo melancólico. Will me preguntó entonces qué me parecía la música de las piedras. Mi asombro creció diametralmente cuando entendí que las notas eran producto de las huellas de la roca volcánica en su paso hacia el papel pautado, labor que había ejecutado su sobrino. Una nueva rama en el árbol Berry.
viernes, 5 de enero de 2007
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