lunes, 18 de diciembre de 2006

El arte en Oaxaca, hace 4 años

Oaxaca.- Con la crisis mundial llega la caída en el comercio global del arte. El crack se da también por el fenómeno especulativo de las últimas décadas que infla los costos sin respetar la diferencia entre precio y valor, y sienta la base de su actual debacle. En esta cadena que se ha dislocado, los galeristas han tenido que comenzar a trabajar en profesionalizar sus actividades y operaciones de forma urgente ante la situación de contracción que amenaza con volverse parálisis o, incluso, desaparición.

El fenómeno golpeó en forma distinta pero con igual contundencia a las ciudades de México, Guadalajara, Monterrey, Puebla o Oaxaca, donde las galerías estaban acostumbradas hasta hace unos muy pocos años a ver pasar enormes cantidades de dinero a través de una forma de venta de obra, sin pasar necesariamente por una profesionalización del mercado.

Galerías y cliché

En Oaxaca se declara un romance entre el comprador (sea el cliente final o un intermediario) y el artista, y los galeros pasan a ser para muchos de estos protagonistas sólo un mal necesario. El abandono de la voluntad es una forma de cooptación y los artistas parecen vivir contra la pared, teniendo que mantenerse para vivir, y al mismo tiempo seguir produciendo sus obras particulares.

“El problema sigue siendo la crítica, hay muy pocas opiniones valiosas en medio de un páramo de repetición y mediocridad”, dice Jonathan Barbieri, pintor nacido en Washington, quien desde hace casi 20 años vive en Oaxaca y en sus alrededores. El cliente pide arena, textura, animales fantásticos, mucha mitología y mucho color, y el artista trata de crear una obra a partir de estas solicitudes. Las soluciones se reducen, se estancan. A fuerza de repetir tantas veces una mentira hay artistas, galeristas y críticos que han comenzado a creerla.

El fenómeno comercial creció con un error de origen: sin crítica, la orientación del mercado se da empíricamente y en forma improvisada, sin conocimiento ni educación en el arte. Se crean, como en los mercados financieros actuales, burbujas especulativas, y se infla a artistas que todavía no han madurado, y luego se les mantiene como garantía de estabilidad de precios. El costo final es la caída, la frustración o el acomodo, o en el mejor de los casos, el éxito comercial basado en la experiencia, conocimiento, educación y talento suficiente para mantenerse como una alternativa.

Mientras el mercado creció con el boom cultural en el sexenio de Salinas para mantenerse, aunque a la baja, en el de Zedillo, la crítica especializada, los curadores y los museógrafos, las direcciones de los museos y las galerías dejaron de mirar a Oaxaca porque concluyeron que, salvo unos cuantos, no existen muchos artistas de gran valor, sino una maquinaria montada entre muchos participantes para perpetuar la vendimia. Muy pocos se salvan.

Quetzalli, punto de partida

Ante la inercia comercial que acaba por agotarse con la crisis del año pasado y la que crece en el presente, nacen espacios con visiones alternativas, donde se ha comenzado a proponer contrapesos y equilibrios al mostrar a otros artistas alejados del cliché oaxaqueño, o en él, pero en su propia dimensión; nace en la calle de Murguía La Bodega Quetzalli en el año 2000, y se inaugura con obra del artista estadunidense James Brown, luego surgen Punto y Línea (casi frente al ex-convento de Santo Domingo), con Leonel Hernández al frente, con una muestra de Sergio Hernández para dar lucimiento a su apertura, aunque ya en la segunda exposición se muestran obras del joven Luis Hampshire. Por su parte, el impresor Manuel García inaugura en los portales su propia galería, con La Pierde Almas, exposición dedicada a la vida en las cantinas de Oaxaca, de Jonathan Barbieri.

El clásico corredor cultural comienza a abrirse a nuevas expresiones y calidades. Muchos oaxaqueños comienzan a marcar diferencias y a volar por su cuenta, no sólo en la pintura, también sucede en la literatura y en la fotografía, en la música, los medios electrónicos, el video, la instalación, la escultura y el performance.

“En el momento en que concluimos que el mercado se ha contraído casi por completo decidimos tomar acciones concretas para enfrentar esta crisis”, dice Graciela Cervantes, directora general y una de las dos propietarias, junto con Claudina López, de la Galería Quetzalli. “Primero, refrendar nuestra fe en lo que hacemos y en lo que hemos hecho durante tantos años. Una amplia recapitulación nos ha llevado a claves para mejorar nuestro negocio, sobre el cómo podemos comenzar a sacar de Oaxaca la obra de nuestros artistas y con ello traer nuevos y mejores clientes en un intento por forzar al mercado a invertir con nosotras. Nuestra filosofía es mejorar al 100 por ciento en el servicio, para dar la imagen que corresponde con nuestra filosofía, es decir, el ser una galería seria y profesional.”



Santo Domingo, imán cultural en Oaxaca.



Para ambas, pioneras del mercado del arte en Oaxaca, el precio es una consecuencia de las acciones del artista y el galerista, que van consolidando la obra y permiten que el precio suba proporcionalmente. “Lo que no podemos hacer es alterar los precios con que hemos manejado esas obras, pues tenemos compromisos y responsabilidad ante nuestros coleccionistas y clientes, es decir, una actitud seria y profesional debe llevarte a refrendar el valor de las obras de tus artistas, para sostener los precios que ofreces al público. Bajar los precios sería destruir la labor de todos.”

El oportunismo de los cajueleros

La comercialización del arte en Oaxaca, sin embargo, no se limita exclusivamente a las galerías, también los cafés tienen obra colgada, al igual que los hoteles, los centros nocturnos o el aeropuerto. Han diversificado sus intereses y se han vuelto tiendas de arte en serie, aparte de la proliferación de los llamados cajueleros, intermediarios que llevan a compradores interesados a los estudios y ahí cierran las ventas, interceptando a coleccionistas y galeristas y llevándolos directamente con los artistas, siempre urgidos de liquidez para adquirir materiales y herramientas.

“Esto es lo que ha dañado tremendamente al mercado —agrega Graciela Cervantes—, porque son personas que no tienen compromiso ni con los artistas ni con los clientes ni mucho menos con las galerías pues usan nuestros catálogos para vender, y cuando no lo logran cambian de artista como de zapatos. No tienen compromiso ni responsabilidad alguna con nadie y ante una demanda limitada suben y bajan los precios sin ningún temor de dañar.”

Otro fenómeno que prolifera es el de las boutiques de arte y artesanía como puede verse claramente reflejado en espacios como La Mano Mágica (frente al MACO); otra es la galería de Arte Mexicano, frente a Santo Domingo, o la galería Tiburcio Ortiz, y otras donde ya no se limitan a la producción exclusivamente oaxaqueña y ofrecen souvenirs de todo el mundo, sobre todo de Indonesia y Tailandia.

Es como una aceptación de que los autores que manejan son productores de artesanía cara, con fórmulas que se repiten sin una propuesta original. En este contexto, en definitiva, no ha habido en todo el país un fenómeno tan fuerte de comercio generado a partir del arte, sobre todo de la pintura, como éste.

De la imprenta a la galería

Para Manuel García, impresor nacido en Oaxaca, dueño de Productos Gráficos El Castor y propietario de la galería con el mismo nombre, “la principal apuesta es vincularnos con los jóvenes, pues creemos que son nuestros compradores a futuro, además de trabajar con claridad en establecer relaciones a largo plazo con nuestros clientes, es decir, no somos simplemente una galería que vende cuadros, sino una opción que vincula al cliente con el artista que le interesa, y cuando digo vincular es, precisamente, sentar la base de una relación entre ambos a través de la galería, y de concretar esta relación alrededor del triángulo que nos da soporte: la galería, la imprenta y la casa editorial, que le da difusión a todos”.

Inaugurada en diciembre del año 2001 con La Pierde Almas, del pintor Jonathan Barbieri (Washington, 1955), la galería apenas comienza en sus operaciones y está en proceso de lograr varios objetivos. Para su dueño, una de las principales deficiencias del mercado del arte en Oaxaca es la masividad que llegó a tener, por lo cual la estrategia de su espacio está centrada en cerrar acuerdos con muy pocos artistas, “sólo cinco o seis”, y aplicarles una atención personalizada de promoción y difusión, de tal suerte que “no perdamos el control en el servicio que le damos a todos los involucrados con la galería”. Éste es el caso de Luis Zárate, exclusivo de la galería, y con quien Manuel tiene una relación amistosa desde hace muchos años, siendo él y su hermano los principales coleccionistas del pintor.


En el 2000 nacieron galerías independientes como Quetzalli.




Paradójicamente a esta situación de mercado global en una economía de mercado local, Oaxaca vive una efervescencia cultural renovada, que ha dejado a muchos de los artistas establecidos en un cierto desamparo, pues los compradores hoy son mucho más selectivos y los galeristas han tenido que volver a las raíces de su labor: promover, orientar y llevar de la mano a sus clientes hacia los creadores que realmente están creciendo, es decir, aquellos que no se deslumbran fácilmente por el mercado y han sabido mantenerlo a distancia, con todas sus tentaciones o aparentes privaciones.

El trabajo de los críticos es fundamental en esta empresa, y los galeristas vuelven a ellos permanentemente, conscientes de que son los críticos y curadores quienes llevan buena parte de la responsabilidad de dar al fenómeno comercial un cauce correcto: creación-producto-crítica-medios-mercado. En esta línea, las galerías en Oaxaca se cuentan con una mano. El resto son más bien boutiques de arte y parecen continuar la línea marcada por la marea comercial.

Por su parte, la mayoría de los artistas que no se han visto favorecidos aún por los mercados y buscan galerista o dealer a diestra y a siniestra, apenas se percatan que su distancia de esta experiencia de 15 años les ha permitido asimilar y consolidar mejor sus procesos de creación, y han puesto distancia clara entre el valor de su producción y el precio al cual están sujetos en el mercado global, y hoy trabajan con mucha más libertad.

Pintores empresarios

Un fenómeno más que repercute en toda la cadena es el hecho de que varios pintores, ante el boom que tuvieron sus obras, han decidido abrir sus propias galerías o ser sus propios representantes, y “dejar de pagar” lo correspondiente a sus galeristas tradicionales. Es así como conocen de primera mano los problemas y desventajas del galerista. Al cabo de un par de años de intentarlo reconocen que el galerista lleva gran parte de la carga del mercado, pues es quien contribuye al lanzamiento y mantenimiento del artista, lo apoya, lo promueve y lleva junto con él la administración de su desarrollo, a la par que administra el crecimiento de su negocio, trabajo nada sencillo y sobre todo nada barato, como puntualiza Claudina López, codirectora de Quetzalli:

“Cuando hablamos de una galería como negocio casi todos olvidan o dejan de ver que se tienen gastos fijos altísimos y que el porcentaje de ganancia debe ser proporcional a ese gasto o inversión como en cualquier otro negocio. Por eso hoy tratamos de hacer mucho más evidente el valor de nuestro trabajo, ganando nuevos espacios de exposición en todo el país y en algunas plazas del extranjero, y ganando valor para los artistas que están con nosotras”.



El mercado, aquejado por los clichés.



La peor crisis para un pintor metido a galerista es descubrir que ahora gana menos que antes, pues debe pagar nóminas, administración, contabilidad, mantenimiento, servicios, relaciones públicas y otros gastos fijos (sin contar con los eventuales), pero con un punto más en contra, ha dejado de pintar para dedicarse a su galería, o a su negocio, como le sucede al joven y talentoso pintor Guillermo Olguín (1969), propietario del club El Central y quien vive la crisis del artista que no duerme, porque trabaja su centro nocturno en la noche y madrugada, y trata en el día de pintar. “Una vez en esto no hay salida, tienes que seguir y seguir, y el problema central es la mala comunicación con la galería, los malos entendidos, cuando en realidad todos tenemos los mismos objetivos, crecer y vivir de lo que hacemos, juntos”. Al final, el costo para todos parece ser mucho mayor.

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